DEDICADO AL MUNDO DE LOS TOROS Y A TODOS LOS ESPECTÁCULOS TAURINOS

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NUESTRA FIESTA NACIONAL. QUE NADIE LA INSULTE QUE ME INSULTA. ES LA QUINTAESENCIA DEL ARTE Y SI ALGUIEN NO ESTÁ CONVENCIDO QUE SE LEA “el Cossio” de arriba a abajo y luego me vuelve a hablar.

La Tauromaquia, patrimonio histórico y cultural de España

La Fiesta es un espectáculo legal sin ideología al que acuden millones de personas y que pertenece al pueblo.

Los números de la Tauromaquia (fuentes: Anoet y la Economía del toro)
Los números de la Tauromaquia (fuentes: Anoet y la Economía del toro) – ELABORACIÓN: J. TORRES
ANDRÉS AMORÓS Madrid19/11/2015 16:34h – Actualizado: 19/11/2015 18:05h.Guardado en: Toros

Al margen de que seamos o no aficionados a los toros, es indiscutible quela Tauromaquia forma parte del patrimonio histórico y cultural de los españoles: en el mundo entero se la ve como una seña de identidad de la cultura española. Se ha declarado legalmente que la Tauromaquia (el conjunto de actividades artísticas y productivas, incluyendo la crianza y selección del toro de lidia, que confluyen en la corrida de toros moderna) es expresión relevante de la cultura tradicional del pueblo español, forma parte de nuestro Patrimonio Cultural Inmaterial.

La Fiesta posee todos los requisitos necesarios para ser incluida en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El Gobierno se comprometió a proponerlo así a la Unesco, junto con los otros países taurinos: Francia, Portugal y varios de Hispanoamérica. Resulta evidente que una hipótetica prohibición de las corridas supondría la desaparición del toro bravo como especie; según el veterinario Sáez Egaña, «la única aportación original de España a la zootecnia universal». Sin Tauromaquia, el toro no moriría en las Plazas porque, pura y simplemente, no tendría la oportunidad de nacer.

Además, la cría del toro bravo permite que subsista la dehesa, como espacio natural protegido para el mantenimiento de la biodiversidad, la prevención de la desertización y la conservación de la flora y fauna autóctonas. A estos indiscutibles valores ecológicos se unen los económicos. La Tauromaquia es una actividad profesional legítima; da de comer a muchas familias; aporta mucho dinero a las arcas públicas, en concepto de IVA y por el canon de explotación de las Plazas de titularidad pública. En contra de lo que algunos pretenden, la Tauromaquia no recibe subvención directa alguna (en contraste con lo que sucede con el cine, el teatro, la música, la danza o el circo, por ejemplo).

Elemento turístico

A pesar de los ataques que recibe, la Fiesta es el segundo espectáculo de masas, en España: constituye un elemento turístico fundamental, que genera muchos millones de euros. Sería suicida desmantelar un sector económico tan importante. Y, por supuesto, resulta esencial mantener lalibertad de empresa y la unidad de mercado.

A los valores ecológicos y económicos hay que unir los innegables valores culturales de la Tauromaquia, si entendemos la cultura como «el conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo». Así la define el activista antitaurino José Enrique Zaldívar y su conclusión es esta: «Podemos decir que sí, que la Tauromaquia ha formado parte de la cultura de algunos pueblos del mundo y, sin duda, de la de España». La pluralidad de sus valores culturales es evidente. El toro bravo es un elemento esencial en las fiestas de muchos pueblos.

La Tauromaquia va unida a nuestra historia; no tiene ideología, es del pueblo; impregna el lenguaje cotidiano de todos los españoles, sean o no aficionados. Como cualquier arte, implica una adhesión libre; tiene un origen (español, en este caso) pero posee una proyección universal. Ha inspirado a creadores de todos los sectores artísticos, todas las épocas y tendencias estéticas. El toro bravo es un símbolo de España: «la piel de toro», «el ruedo ibérico». El torero es un héroe popular, encarna unos valores. La Tauromaquia supone una ética.

Según la Ley de Patrimonio Histórico, este trasciende el ámbito de competencias de una Comunidad determinada: es competencia del Estado garantizar su conservación y promoción, así como tutelar el derecho de los españoles a su conocimiento, acceso y libre ejercicio. Esto es perfectamente aplicable a la Fiesta. Las conclusiones son claras: sin la Tauromaquia, sufriríamos una triple pérdida: ecológica, económica y cultural. Hay que evitar el dirigismo, mantener un ámbito de libertad: no se debe imponer pero tampoco prohibir; sí, proteger y fomentar. En cualquier lugar de España, todos los que lo deseen tienen derecho a acceder y disfrutar de este patrimonio nuestro.

 

 

MUERTE DEL TORERO Elegía a la Muerte de Ignacio Sánchez Megisas.

“A las cinco de la tarde
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco do la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Llanto por la muerte de Sanchez Megias.

Sanchez Mejias

Sánchez Megias

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Muerte del toro.

 

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Templar

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Primer par de banderillas

50 razones para defender la corrida de toros (2)

[1] Las corridas de toros no tienen como objetivo hacer sufrir a un animal

La tortura tiene como objetivo hacer sufrir. Que las corridas de toros impliquen la muerte del toro y

consecuentemente sus heridas forma parte innegablemente de su definición. Pero eso no significa que el

sufrimiento del toro sea el objetivo – de hecho no más que la pesca con caña, la caza deportiva, el consumo

de langosta, el sacrificio del cordero en la fiesta grande musulmana o encualquier otro rito religioso.

Estas prácticas no tienen como objetivo hacer sufrir a un animal, aunque puedan tener ese efecto.

Si seprohibieran todas las actividades humanas que pudieran tener como efecto elsufrimiento de un animal,

habría que prohibir un importante número de ritosreligiosos, de actividades de ocio, y hasta de prácticas gastronómicas, incluyendo el consumo normal de pescado y carne, que implica generalmenteestrés, dolor

e incomodidad para las especies afectadas.

Las corridas de toros no son más tortura que la pesca con caña. Se pescan los peces por desafío, diversión, pasión

y para comérselos. Se torean los toros pordesafío, diversión, pasión y para comérselos.

 

 [2] Las corridas no tendrían ningún sentido sin la pelea del toro

 

Torturar a un hombre, e incluso a un animal, es hacerlo sobre un ser con las manos y los pies atados, y, en

cualquier caso, privado de la posibilidad de defenderse. Y eso, no solo no sucede en la lidia sino que además

sería con trario a su sentido, su esencia y sus valores. La palabra corrida procede decorrer: es el toro el que debe

correr, atacar y por tanto pelear. Lo que interesa a los aficionados es, primero, y para muchos sobre todo, la pelea

del toro. Lo que da sentido a la lidia es la acometividad del animal, su peculiar manera deembestir, de atacar o defenderse, es decir su personalidad combativa. Sin la lucha del toro, su muerte y las diferentes suertes del toreo carecerían de valor. Si el toro fuera pasivo o estuviera desarmado, la lidia no tendría ningún sentido. De hecho, no

sería una corrida sino una vulgar carnicería (y por tanto no habríarazón alguna para hacer de ella un “espectáculo”).

Por ejemplo, las reglas de la ejecución de la suerte de varas tienen como principio director que el toro acometa al

picador y vuelva a hacerlo, motu proprio. Debe embestir una y otra vez sobre su adversario alejándose de su propio

“terreno” natural, que es el lugar donde se siente más seguro porque nada le amenaza. Durante toda la suerte debe

tener la posibilidad de “escoger” entre la huída o la pelea. Por decirlo de manera más directa, la ejecución de la

suerte de varas tiene como principio que la herida del animal sea el efecto de su instinto combativo y la consecuencia

de su propia pelea. ¡Esto es justamente lo contrario de la tortura!

 

[3] Las corridas de toros no tendrían ningún sentido sin el riesgo de la

muerte del torero.

Torturar a un hombre, e incluso a un animal, no es únicamente hacerlo sobreun ser sin posibilidad de defenderse,

es hacerlo con total tranquilidad y sin asumir el más mínimo riesgo. ¿Somos capaces de imaginar un torturador

herido o matado por su torturado? Evidentemente, no. Entonces el sentido, la esencia y el valor de la corrida

descansan sobre dos pilares: el primero es la lucha del toro que no debe morir sin haber podido expresar, de la

mejor manera, sus facultades ofensivas o defensivas (argumento [2]); el segundopilar, simétrico del primero, es el

compromiso del torero, el cual no puede afrontar a su adversario sin jugarse la vida. Ninguna corrida tendría interés sin ese permanente riesgo de muerte del torero. ¡De nuevo, esto es justamente lo contrario de la tortura!

 

 [4] ¡Si un toro fuera torturado huiría!

 

La lidia no pretende torturar a un animal indefenso, sino más bien al contrario consiste en hacer pelear a un animal naturalmente predispuesto para la lucha (de ahí el nombre de toro de lidia, ver argumento [7]). Tenemos dos

comprobaciones empíricas evidentes: si se le hiciera la prueba del puyazo a cualquier otro animal (un buey o un lobo), huiría inmediatamente, puesto que la fuga es la reacción inmediata de cualquier mamífero ante una agresión. Sin

embargo, el toro de lidia, lejos de huir, redobla sus acometidas. Segunda comprobación: cuando se le hace sufrir a un toro de lidia una verdadera “tortura” (por ejemplo, una descarga eléctrica como es el caso de algunas vallas electrificadas), se escapa y huye. Este comportamiento es justamente el contrario al de su reacción normal durante la pelea en el ruedo.

 

[5] Hablar de tortura ¿no es confundir al hombre con el animal?

 

La tortura es una de las más abominables prácticas del mundo. Sea cual sea su finalidad, no puede ser nunca justificada. Llamar a cualquier cosa tortura, y especialmente hacerlo con las corridas de toros, ¿no es más bien banalizar el uso de la palabra y así atenuar la condena sin remisión de esta innoble práctica? (Y eso por no referirnos a todos aquellos que se rebajan a aludir al nazismo,… ¿no estaríamos cerca de una forma de negacionismo?). Queriendo agravar el supuesto maltrato del toro que pelea, recurriendo a una palabra destinada a impactar en la imaginación ¿no están corriendo el riesgo de hacer más benigna la verdadera tortura? Sería tanto como decir que la insoportable e interminable tortura del impotente prisionero político que se halla en el fondo de una celda, es lo mismo que la pelea de un animal bravo en el ruedo. ¿No constituye esto un auténtico insulto a todos los torturados del mundo?.

 

El sufrimiento del toro

Sin embargo – dirán los escépticos — sigue quedando claro que el toro sufre durante la lidia y por tanto, ¡es insoportable! No sabemos demasiadas cosas sobre el dolor animal, que sin duda existe, hecho que no implica que podamos compararlo con el sufrimiento humano, ya que en el animal es instantáneo y no va acompañado de la conciencia reflexiva que aumenta el desamparo. Tampoco podemos olvidar que, en el mundo animal, el dolor tiene esencialmente un valor positivo y un sentido utilitario: poner en marcha la reacción adaptada, que consiste generalmente en evitarlo o rehuirlo. ¿Qué es lo que podemos saber del sufrimiento del toro durante la lidia?

 

 [6] El estrés del toro

 

Para un hombre del siglo XXI, el dolor es el peor de todos los males pues le deja completamente impotente. Para

ciertos animales, algunos males son peores que el dolor, por ejemplo, el estrés que experimentan cuando se

encuentran en una situación insoportable o un entorno inadaptado a su organismo. Los estudios experimentales del profesor Illera del Portal, Director del Departamento de Fisiología Animal de la facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, han demostrado (a través de la medida de la cantidad de cortisol producida por el organismo) que el toro de lidia sufre más estrés durante su transporte o en el momento de salir al ruedo que en el transcurso de la lidia; y que incluso el estrés disminuye en el curso de la pelea.

Es lo que ya sabían — a su manera — los ganaderos y lo que confirma el simple sentido común. Para un animal como el toro de lidia, habituado a vivir en libertad en grandes espacios y responder a las amenazas de su territorio con el

ataque sistemático, la contención es mucho más difícil de soportar que la lucha. En el ruedo, el toro reencuentra su familiar propensión a la defensa del territorio en contra del intruso.

 

[7] La adaptación fisiológica del toro a la lidia

 

El toro de lidia (Bos taurus ibericus) no es para nada un apacible rumiante. Es una muy especial variedad de bovino, lejano descendiente del uro, que vivió más o menos en estado salvaje hasta el siglo XVIII y que estaba dotado de un

instinto de defensa de su territorio muy desarrollado, una forma de “fiereza”. El auge de las corridas de toros permitió la creación de grandes ganaderías en las que los toros eran y son criados en condiciones de libertad para preservar esa acometividad natural, a la cual se le añadió un proceso selectivo en función de la aptitud de cada ejemplar para la lidia. Estas dos condiciones, la natural y la humana, crearon un animal original, una especie de atleta del ruedo, dotado de bravura, es decir, de una capacidad ofensiva para el ataque sistemático contra todo lo que pueda presentarse como una amenaza, y muy especialmente la intromisión en su territorio. Esta agresividad se observa desde el nacimiento: basta con ver un becerro recién nacido dando cornadas (imaginarias, claro) al hombre que se le acerca. Se manifiesta también entre los propios toros (las peleas por la jerarquía son frecuentes) e innegablemente contra el hombre, que no debe normalmente acercarse a ellos, sobre todo si están solos o aislados.

Por eso no sorprende que los estudios de laboratorio del ya citado Juan Carlos Illera del Portal hayan demostrado que este animal, particularmente adaptado para la lidia, tenga reacciones hormonales únicas en el mundo animal ante el

“dolor” (que le permiten anestesiarlo casi en el mismo momento en que se produce), especialmente debido a la segregación de una gran cantidad de beta-endorfinas (opiáceo endógeno que es la hormona encargada de bloquear

los receptores del dolor), sobre todo, cuando se produce en el transcurso de la lidia. Otro descubrimiento que demuestra la singularidad del toro de lidia en relación a las demás “razas” de bovinos es la talla del hipotálamo (parte del cerebro que sintetiza las neurohormonas que se encargan especialmente de la regulación de las funciones de estrés y de defensa) que es un 20% mayor que el de los demás bovinos – dato que es considerable. Todo esto no hace sino explicar las causas fisiológicas de un comportamiento que cualquier ganadero de toros de lidia o cualquier aficionado conoce (pero que ignoran todos los profanos) y que hace posible la lidia: el toro bravo, en lugar de sentir el “dolor” como un sufrimiento, lo siente como un estimulante para la lucha. Se transforma inmediatamente en una excitación agresiva.

 

 [8] Dolor y lidia

 

Ya hemos dicho (ver argumento [4]) que, al contrario de los demás animales, el toro de lidia no reacciona a las heridas huyendo sino atacando. Es el único animal que, herido por los puyazos, vuelve a la carga para atacar al picador en lugar de huir de él (siendo la fuga la respuesta normal, naturalmente adaptada, al dolor). Sin embargo, esta reacción es perfectamente natural en un animal genéticamente predispuesto para el combate. Sabemos que en el ser humano sucede algo parecido. Miles de testimonios de soldados heridos lo confirman. Ellos explican no haber notado nada, o casi nada, de las graves heridas recibidas a causa del fragor del combate. Esto mismo les ocurre a algunos

toreros cuando reciben una cornada, que comienzan a sufrir después de acabada la lidia. ¡Cuánto más verdad es en el caso de un animal fisiológicamente dotado ygenéticamente seleccionado para la lidia, y que no deja de combatir, mientras le reste un hilo de vida!

 

[9] “¡Pero el toro no quiere luchar!”

  

A veces se contesta a los argumentos precedentes con tal sentencia: “el hombre (el torero) lucha si quiere, elige arriesgar su vida; el animal, por el contrario, no elige el combate sino que está condenado a la lucha y a la muerte”. Respondo: es cierto. ¡Pero es que los animales en general no “eligen” conscientemente una u otra conducta! Es decir, no se marcan un objetivo en su mente al que intentarían llegar por tal o cual medio requerido. Muy al contrario,

actúan de manera conforme a su naturaleza individual o a la de su especie. De esta forma, un toro que acomete, que ve en cualquier intruso un adversario que debe expulsar y que ataca a un hombre “que no le ha hecho nada malo”, no

actúa por “elección” o por “voluntad” consciente y clara, sino que su comportamiento obedece a su naturaleza, a su carácter, a la “bravura” que está en él. ¡Sin lugar a dudas, el toro no quiere luchar, pero no es porque sea contrario a su naturaleza el luchar (¡bien al contrario!) sino porque lo que es contrario a su naturaleza es el querer!

 

[10] “Pero la lucha es desigual: el toro siempre muere”

  

Ante esta aseveración, respondo: la lidia es una lucha con armas iguales, la astucia contra la fuerza, como David

contra Goliat. Es también una lucha con suertes desiguales puesto que ilustra la superioridad de la inteligencia humana

sobre la fuerza bruta del toro. Pero, entonces, ¿qué pretenden? ¿Que las posibilidades del hombre y del animal fuesen iguales, como en los juegos del circo? Pero, si muriera unas veces uno y otras veces otro ¿sería más justa la lidia? ¡En absoluto! Sería, en todo caso, más bárbara. La corrida de toros no es una competición deportiva en la que el resultado

habría de quedar imprevisible Es una ceremonia en la que el final se conoce de antemano: el animal debe morir, el hombre no debe morir (aunque puede suceder, que un torero mueran de manera accidental, y que un toro, de manera excepcional sea indultado por su bravura). Esta es la moral de la lidia. Pero que sea desigual no significa que sea desleal. Justamente, la demostración de la superioridad de las armas del hombre sobre las del animal sólo tiene sentido si dichas armas (el trapío, los pitones, la fuerza) son potentes y no han sido mermadas artificialmente. Esta es la ética taurómaca: una lucha desigual pero leal.

 

La muerte del toro

Cuando los argumentos que giran alrededor del dolor del toro comienzan a agotarse, el detractor de la fiesta escoge el nervio central de la lidia: la muerte.

Preguntan: ¿por qué matar al toro? ¿Tenemos derecho a hacerlo? ¿Es necesario? Esta protesta sincera contra la muerte del toro se formula de manera confusa. No se sabe bien lo que se condena: ¿el acto de matar un animal? ¿El hecho de matarlo para algo diferente de comérselo (como si el toro no nos lo comiéramos, y como si comer fuera la finalidad más elevada y la más defendible)? ¿O el hecho de matarlo en público? Habitualmente es este último

punto el que genera el mayor malestar, en la imaginación de la gente. No el acto en sí, sino su publicidad. Estamos rozando lo irracional. Nos damos cuenta de que, tras la “defensa del animal”, se disimula un malestar ante la visibilidad de la muerte. “¿No valdría más ocultarla?”

<p>[11] ¿Tenemos derecho a matar animales? El respeto absoluto de la vida humana es uno de los fundamentos de la civilización.

No sucede lo mismo con la idea de respeto absoluto hacia la vida en general. De hecho sería contradictorio con la idea misma de vida: la vida se alimenta sin cesar de la vida.

Un animal es un ser que se alimenta de sustancias vivas, sean vegetales o animales. Proclamar por tanto que todos los seres vivos tienen derecho a la vida es un absurdo ya que, por definición, un animal sólo puede vivir en detrimento de lo viviente.

Los animales se matan entre ellos para cubrir sus necesidades, y no</p><p>exclusivamente nutritivas (contrariamente a lo que comúnmente se cree), a veces lo hacen por agresividad, por juego, o por instinto de caza (como en los casos del gato, del zorro, o de la orca)…

De la misma forma, los hombres siempre han matado animales: bien, porque tenían la necesidad de hacerlo para deshacerse de bestias dañinas (portadoras de enfermedades o causantes de plagas), bien, para satisfacer sus necesidades, nutritivas o de cualquier otro tipo: cuero, lana, etc.; bien, por razones culturales o simbólicas (sacrificios religiosos, demostraciones cinegéticas, juegagonísticos).

Pero lo propio del hombre, que le diferencia de “los demás animales”, es lo siguiente: cuando mata un animal respetado (y no una bestia dañina de la que tiene la obligación de deshacerse), el acto de darle muerte va generalmente acompañado (en las sociedades tradicionales o rurales) de un ritual festivo o de una ceremonia</p><p>expiatoria.

Hay una excepción a esta regla: la muerte mecanizada, estandarizada e industrializada de los mataderos. Ésta es fría, silenciosa, ocultada y — por decirlo de alguna forma — vergonzosa, que es lo que caracteriza a nuestras sociedades urbanas.

La corrida de toros satisface al mismo tiempo las necesidades físicas (el toro es comestible) y</p><p>simbólicas (las corridas de toros son un combate estilizado y una ceremonia sacrificial). Y, al contrario del matadero industrial, siempre van acompañadas de todas las marcas de respeto tradicional hacia el animal: ritual regulado precediendo al acto y recogido silencio en el momento de la muerte.

La pregunta del “derecho a matar” animales se plantea por tanto mucho más en el caso del matadero industrial que en el de la muerte del toro en el ruedo.</p><p> </p><p> [12]

¿Por qué matar a los toros?</p><p>La muerte del toro es el fin necesario de la corrida. Podríamos enumerar razones utilitaristas. El toro está destinado al consumo humano y en ningún caso puede volver a servir para otra corrida, porque en el transcurso de la lidia ha aprendido demasiado, se ha convertido en “intoreable”. Pero esto no es lo esencial. Las verdaderas razones son simbólicas, éticas y estéticas. Simbólicamente, una corrida es el relato de la lucha heroica y de la derrota trágica del animal: ha vivido, ha luchado, y tiene que morir. Éticamente, el momento de la muerte es el “instante de la verdad”, el acto más arriesgado para el hombre, en el que se tira entre los cuernos intentando esquivar la cornada gracias al dominio técnico que ha adquirido sobre su adversario en el desarrollo de la lidia. Estéticamente, la estocada es el gesto que finaliza el acto y hace nacer la obra; la estocada bien ejecutada, en todo lo alto y de efecto inmediato confiere a la faena la unidad, la totalidad y la perfección de una obra. Estas tres razones son las que dan sentido a las corridas de toros.</p><p> </p><p>[13]

Pero al menos ¿se podría no matar al toro en público, tal como</p><p>prescribe la ley portuguesa?</p><p>Hemos recordado más arriba las razones esenciales (simbólicas, estéticas y éticas) de la muerte pública, fin necesario de la ceremonia sacrificial. Por otra parte es un error creer que una muerte “ocultada” sería “menos cruel” para el</p><p>opción a la lucha, sí que sería un auténtico calvario para él (ver argumento [8]). La única beneficiada de esta solución sería la hipocresía: lo que no se ve no existe. (“¡Tapemos la sangre y la muerte, lo esencial es que no se vean!”)</p><p> </p><p>[14]

Todas las tauromaquias implican el respeto al toro</p><p> </p><p>La corrida de toros es una de las formas de tauromaquia. Existen cientos, de las que perviven unas cuantas decenas. En todas las sociedades donde han vivido toros bravos ha existido alguna forma de tauromaquia, ora deporte, ora</p><p>rito (en ocasiones ambos a la vez), ora caza solitaria, ora espectáculo de una lucha, ora gratuito desafío del hombre al animal, ora sacrificio ofrecido por los hombres a los dioses. El punto común de todas las tauromaquias es que ellas</p><p>denotan la fascinación y la admiración que ejercen, en todo tipo de culturas, el toro y su poder, sea real o simbólico. El toro se transforma en el único adversario que el hombre encuentra digno de él. Es el animal con el que se puede medir con orgullo y que por consiguiente lo afronta con la lealtad que se debe a un adversario a su medida. ¿Podríamos demostrar nuestro propio poder ante un adversario al que despreciásemos y maltratásemos? En todas las</p><p>tauromaquias, al animal se le combate con respeto y no se le abate como a un bicho dañino, ni se le mata de cualquier manera como a una simple máquina de producción cárnica.</p><p> </p><p>[15]

La norma taurómaca consiste en afirmar que no se puede matar al</p><p>animal sin arriesgar la propia vida</p><p>Prueba fehaciente del respeto hacia el toro es que en la corrida sólo se puede dar muerte al toro poniendo el torero en peligro su propia vida. El deber de arriesgar la propia vida es el precio que uno tiene que pagar para tener el derecho</p><p>de matar al animal. Lo que hace posible la necesidad de la muerte del toro (ver argumento [10]) es la posibilidad siempre necesaria de la muerte del torero. La mayoría de normas que ilustran la ética taurómaca se inspiran en esta norma esencial: engañar al toro para no resultar cogido pero exponiendo </p><p>siempre el cuerpo al riesgo de la cornada. A la inversa, si se vence sin peligro se triunfa sin gloria.<p> </p><p>

[16] El toro no es abatido, tal como lo atestigua el ritual taurómaco.</pLa corrida de toros no sería nada sin su ritual. Desde el paseíllo inicial hasta las mulillas que arrastran el cadáver del toro, todos los actos, todos los gestos, todas las actitudes de los actores intervinientes están ritualizados y tienen su</p><p>sentido. El ritual porta dos finalidades. Proteger simbólicamente los actos de un hombre que arriesga su vida de cualquier accidente imprevisible, al rodearlos de una tranquilizadora barrera repetitiva. Envolver con un ritual festivo y trágico a la vez los momentos en los que se juega la vida de un animal respetado (ver argumento [11]) y por lo tanto singularizado. Al toro se le distingue como un ser vivo individualizado, que cuenta con un nombre propio conocido por todos y con una procedencia genealógica sabida por los aficionados, y al que muchas veces se le aplaude por su belleza, se le ovaciona por su combatividad, e incluso se le aclama como a un héroe.</p><p>¿Alguien hablaba de desprecio o de crueldad? Habría que hablar de admiración (ver argumento [26]

[17] El toro no es abatido, se le respeta en su propia naturaleza</p><p>El toro de lidia es un animal bravo, lo que significa que es por naturaleza desconfiado, taciturno y agresivo. Esta natural combatividad no tiene nada que ver con la del depredador azuzado por el hambre, puesto que el toro es un</p><p>herbívoro, ni tampoco está vinculada con un instinto sexual, pues se manifiesta también ante individuos de otras especies. Para un animal como éste, una vida conforme a su naturaleza “salvaje”, rebelde, indómita, indócil, insumisa, tiene que ser una vida libre – por tanto la mejor posible. Y así, una muerte conforme a su naturaleza de animal bravo tiene que ser una muerte en lucha contra aquél que cuestiona su propia libertad, es decir, contra aquel ser vivo que le</p><p>disputa en su terreno su supremacía. Éste es el drama que se muestra en el redondel: el toro libra su último combate para defender su libertad. ¿Sería más conforme a su bravura y a la propia naturaleza del toro vivir esclavizado por el</p><p>hombre y morir en el matadero como un buey de carne?</p>

<p>[18] ¿La mejor de las suertes?</p><p>Es debido a un proceso de identificación por lo que el animalista sólo es capaz de imaginar al toro como chivo expiatorio del hombre. También dicho proceso hace que algunos lo vean como víctima y no como combatiente. Así, puestos a identificarse con el toro propongamos a esos animalistas que se identifiquen con otras especies bovinas y pidámosles que elijan cuál es la mejor de las suertes: la del buey de tiro, la del ternero de carne (criado normalmente “en batería” y muerto a corta edad) o la del toro de lidia: cuatro años de vida libre a cambio de quince minutos de muerte luchando. Entonces la pregunta sería: “¿con quién quiere usted identificarse?”</p><p> </p><p>

Los toros y el medio ambiente</p><p>Igual que la ópera, el flamenco o el fútbol, los toros no son ni de derechas ni de izquierdas. Sin embargo, algunos partidos deberían reconocer en la fiesta de los toros sus propios valores: me refiero a los partidos “verdes” o ecologistas. Lo decepcionante es que normalmente están impregnados de una ideología “animalista” nada ecologista, y entre sus militantes hay pocos que conozcan la realidad de la vida del toro en el campo y la de su muerte en el ruedo.</p><p>Se confunde “animalismo” con ecología. Y sin embargo, lo uno es lo opuesto de lo otro. Ocurre que numerosos ecologistas “olvidan” sus propios valores para abrazar los valores animalistas, que son contrarios. Defender el equilibrio</p><p>de las especies y la conservación de los ecosistemas no tiene nada que ver con el hecho de ocuparse de la muerte de cada animal considerado individualmente y aún menos con el “sufrimiento” individual de todos los animales que pueblan los océanos, las montañas y los bosques del mundo. No se puede al mismo tiempo salvar a la especie</p><p>“leopardo” y preocuparse por el sufrimiento de las gacelas. No se puede al mismo tiempo salvar a la especie “oveja” y preocuparse por la suerte individual de los lobos hambrientos (la afirmación inversa también es cierta). No se puede alimentar a las palomas (por sentimiento animalista) y preocuparse por sus plagas (por razones ecologistas). Hay que elegir: la ecología o el animalismo. La fiesta de los toros está radicalmente en el bando de la ecología.</

 

 

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